martes, 22 de abril de 2014

LA INFANTERÍA BRITÁNICA EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL. SAQUEADORES, BORRACHOS, INCOMPETENTES Y COBARDES (I). Jorge Álvarez.


“Si nuestras fuerzas terrestres no son capaces de combatir mejor de lo que lo han hecho hasta ahora, mereceremos perder nuestro imperio”. (Mariscal Sir Alan Brooke, Jefe del Estado Mayor Imperial Británico, 18 de Febrero de 1942).

Siempre he pensado que los militares ingleses son como las focas, que en el agua son ágiles, elegantes y muy eficaces a la hora de cobrar las presas, pero que en tierra, resultan lentas, torpes e incluso grotescas. Los soldados ingleses nunca deberían bajar de los barcos. Exceptuando los casos en los que ametrallaban a hindúes, pastunes, zulúes o sudaneses, cada vez que bajan del barco hacen el ridículo. En las guerras importantes, sin aliados, rara vez habrían ganado una batalla en tierra contra un enemigo europeo (exceptuando a los italianos).

 
Los ingleses embarcados tienen una vieja y reconocida fama de saqueadores, es decir, de piratas. Su tradición de saqueo no se limitaba al cargamento de otros barcos. Los marinos británicos intentaban, siempre que consideraban que las circunstancias se lo podían permitir, efectuar incursiones  de rapiña en tierra. Conscientes de sus limitaciones al bajar de los barcos, solían buscar puertos poco defendidos, o en caso de que contasen con defensas sólidas, atacar con una superioridad abrumadora. Y, casi siempre, prestos a salir corriendo con el botín si el enemigo enviaba refuerzos.

El marino británico siempre fue básicamente un pirata, un saqueador con título nobiliario, pero, en general, muy profesional y bastante eficaz.

Sin embargo, el infante británico, comparte con el marino el afán de saqueo, pero a diferencia de éste, rara vez es capaz de ganar una batalla en mínimas condiciones de igualdad contra un enemigo que no utilice lanzas y flechas.

Los británicos, en tierra, solo ganan guerras contra enemigos civilizados cuando forman parte de alianzas con otras naciones civilizadas. Así consiguieron derrotar a Napoleón, al Káiser y al Führer. Pero, luchando solos, perdieron la Guerra de los Cien años contra Francia, perdieron también la de Independencia Americana contra un puñado de milicianos aficionados y tampoco fueron capaces de derrotar a los norteamericanos en la Guerra de 1814. En 1900 estuvieron a punto de perder la guerra contra los Boers y solamente utilizando una brutalidad extrema contra los civiles consiguieron doblegar finalmente a estos granjeros. Sin embargo, ganen o pierdan, los infantes británicos se dedican, con tenacidad y constancia, al saqueo y al pillaje, incluso de las poblaciones de sus aliados.

Durante la Segunda Guerra Mundial, que los británicos libraron contra una de las máquinas militares terrestres más eficaces de la Historia, estas constantes no solo se repiten, sino que se hacen aún más evidentes. Aunque el cine y la televisión han difundido hasta hoy lo contrario entre las masas de todo el orbe, el ejército británico de tierra en la Segunda Guerra Mundial, en general, tuvo una actuación patética. Luchó mal, sus tropas dieron muestras abundantes de falta de valor, de ausencia de disciplina y de incapacidad operativa y los oficiales resultaron aún peores que sus nada ejemplares soldados.

Muchos prestigiosos historiadores anglosajones actuales están comenzando a reconocer la inferioridad manifiesta de sus tropas respecto de las alemanas y a intentar entender por qué los soldados y oficiales británicos (y también los norteamericanos) solían salir manifiestamente malparados en cualquier comparación con sus enemigos teutones y japoneses.

El hecho es ya absolutamente reconocido, aunque se mantiene hábilmente circunscrito a los círculos académicos y apenas trasciende fuera del reducido círculo de expertos en Historia Militar. El gran público sigue reteniendo la imagen “hollywoodiense” de unos soldados ingleses y americanos heroicos y tremendamente competentes.

Las razones que los historiadores anglosajones suelen dar para explicar esta inquietante evidencia no resultan en general demasiado satisfactorias y, en última instancia, muchos de ellos, intentan justificar el pobre papel de sus tropas frente a las alemanas con excusas torpes y dando la espalda a las evidencias más dolorosas.

En general, admiten, unos más a regañadientes que otros, la superioridad aplastante del combatiente alemán, pero casi todos concluyen, en un ejercicio de autocomplacencia infantil, que la causa principal de esta desigualdad radica en el carácter más humano del soldado anglosajón, que no es más que un civil de uniforme, un pacífico ciudadano de una democracia que, contra su naturaleza pacífica se ve obligado por las circunstancias a empuñar las armas. Por el contrario, el soldado alemán, sería una especie de espartano, de miembro de una casta de guerreros al servicio de un régimen dictatorial e inhumano.

Naturalmente, esto es absurdo, pero ayuda a los historiadores anglosajones a dormir tranquilos después de haber tenido que reconocer que el papel de sus soldados en el transcurso de la guerra dejó muchísimo que desear.

El soldado alemán deseaba, con las mismas ganas que el inglés o el americano, regresar a su casa sano y salvo para abrazar a sus seres queridos y reincorporarse a su vida civil. El soldado alemán no era un ser desprovisto de humanidad y no disfrutaba en la guerra. El régimen nazi apenas llevaba seis años instalado en el poder cuando estalló la contienda y de ninguna forma había inculcado a los ciudadanos alemanes, o a la inmensa mayoría de ellos, un espíritu belicoso y guerrero.

Sí es cierto en cambio, que durante toda la guerra, los soldados anglosajones lucharon con evidente desgana. La historiografía más reciente también ha revelado, con asombro indisimulado, que incluso en 1945, la mayoría de los soldados británicos y norteamericanos no entendían por qué luchaban. Este sorprendente hecho, nunca mostrado al gran público en los productos divulgativos para el consumo de masas, ha quedado plasmado en numerosas encuestas que los servicios de inteligencia aliados efectuaban periódicamente entre sus hombres y resulta aún más sorprendente cuando se compara con los resultados de las encuestas que se les hacían a los prisioneros alemanes y que revelaban, todavía después del desembarco de Normandía, una fe mayoritaria en la victoria y una identificación también mayoritaria con la causa de Alemania. Es un hecho que la mayoría de los soldados anglosajones no comprendía, al menos con la claridad con la que lo hacían sus líderes políticos, las razones por las que había que destruir Alemania. Y, en consecuencia, estos hombres no mostraban una gran predisposición para poner en peligro sus vidas por una causa que no acababan de comprender y que, entre los pocos que la entendían, no despertaba particular entusiasmo. Incluso en los más altos niveles del escalafón, era posible encontrar militares británicos que mostraban un escaso interés por la guerra. Después de sufrir las acometidas  de las fuerzas del Eje lideradas por Rommel en el Norte de África, el comandante en jefe de las fuerzas británicas en Oriente Medio, Sir Archibald Wavell, afirmó: “Mi problema es que realmente no estoy interesado en la guerra.” Y, como señala el aclamado historiador Max Hastings, el Jefe del Estado Mayor Imperial, Sir Alan Brooke “odiaba la guerra tanto como Churchill disfrutaba con ella.”

Pero, si el soldado británico carecía de motivación en la guerra, esto no era más que una parte del problema. La sociedad británica, con una tradición de enorme desigualdad en educación, se nutría (y se nutre) en sus capas más bajas de una base de individuos indisciplinados, alcohólicos y amorales que muestran una tendencia irresistible hacia la violencia gratuita y una falta absoluta de respeto por el resto de la humanidad. Este rufián (bien conocido fuera del Reino Unido gracias al fútbol), típico de los suburbios industriales de Manchester, Liverpool, Glasgow o Londres, enfundado en un uniforme y armado con un fusil, se convierte inevitablemente en un soldado indisciplinado, incapaz de entender el espíritu de la milicia y, en consecuencia, actúa más como un merodeador que como un auténtico soldado. En el otro extremo están los oficiales, casi siempre miembros de la alta sociedad británica. Individuos educados en elitistas colegios y universidades, refinados hasta llegar en muchos casos a un insoportable esnobismo. En combate, el muro de incomprensión y desprecio mutuo que se solía dar entre la tropa y los oficiales no contribuía precisamente a mejorar el rendimiento de las unidades de infantería británicas. Para mucha gente podría resultar chocante que el ejército de una democracia tuviese estas connotaciones y que, en cambio, en el ejército de la dictadura nazi, la relación entre soldados y oficiales fuese infinitamente más sana e igualitaria.

Nos han quedado muchos testimonios de militares alemanes y japoneses que revelan con asombro y perplejidad cómo vivían los oficiales británicos hasta justo el momento de caer prisioneros. En zonas de combates dantescos en los que los soldados combatían y morían en condiciones durísimas, a los oficiales británicos capturados se les intervenían raquetas de tenis, bolsas de palos de golf, cajas de champán francés, puros habanos, trajes de etiqueta para fiestas sociales… En medio de las selvas de Birmania en 1942 o en los puentes de Holanda en 1944. Oficiales paracaidistas, supuestos líderes de tropas de asalto, que se lanzaban en planeadores tras las líneas enemigas, cargaban con un esmoquin en su maleta.

Para muchos soldados, sus oficiales no eran más que señoritos, niños de papá, parásitos sociales que los lanzaban a la batalla mientras ellos se daban la gran vida. Y muchos oficiales llamaban abiertamente rufianes a sus soldados y no tenían con ellos mucha más empatía de la que podían tener con el enemigo, al que muchas veces, respetaban más.

El teniente general Noel Irwin, dijo en Marzo de 1943, en una rueda de prensa después de haber fracasado su ofensiva contra los japoneses en Birmania: “En Japón la infantería es el cuerpo de élite, mientras que los británicos arrojamos a la infantería a nuestros peores hombres.”

Realmente, no se trataba de nada nuevo.  Lord Wellington, en 1813, durante las guerras napoleónicas, ya había dicho algo parecido: “Tenemos en servicio a la escoria de la sociedad como soldados rasos.”

Como reconoce Richard Holmes, citando la obra de un soldado escocés – Thomas Pococke – que relató sus experiencias bélicas en el 71º regimiento de infantería ligera de Glasgow entre 1809 y 1815: “El gran defecto de nuestros soldados era su desmesurado anhelo por las bebidas alcohólicas de cualquier tipo.”

Veamos ejemplos concretos que demuestran que estas pautas de comportamiento lamentable del ejército de tierra británico no cambiaron durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1939 el primer ministro Chamberlain había prometido al gobierno de Polonia ayuda militar británica si su patria era atacada por el Reich alemán. Los franceses hicieron lo mismo horas después. Sin embargo, ni unos ni otros efectuaron el más mínimo movimiento militar cuando Polonia sufrió la brutal embestida de la Wehrmacht ,ni mucho menos cuandounos días después fue invadida por el Ejército Rojo. Los polacos, envalentonados por las promesas de auxilio de los dos imperios más grandes del planeta, rechazaron entablar negociaciones con Alemania sobre el asunto de Danzig. Y cuando la guerra estalló, fueron abandonados a su suerte por sus presuntos aliados.

La primera ocasión en la que tropas de tierra británicas se enfrentaron a tropas de tierra alemanas tuvo lugar en Noruega en Abril de 1940. Los británicos habían comenzado antes que los alemanes su plan de ocupación de Noruega, con la finalidad de cortar el suministro de hierro procedente de Suecia, vital para la industria pesada alemana. Los británicos fueron los primeros en violar la neutralidad de un país durante la Segunda Guerra Mundial, cuando sembraron de minas las aguas territoriales noruegas. Los planes para invadir el país escandinavo habían sido propuestos por quien ocupaba a la sazón el cargo de Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill. Sin embargo, los alemanes, siempre más diligentes, a pesar de haber comenzado a planificar su operación contra Noruega más tarde, llegaron primero, por cuestión de horas.

Andrew Roberts, que es uno de los más tenaces propagandistas aliados entre los propagandistas aliados actuales, escribió: “(los aliados) sin embargo, tenían planeado invadir la neutral Noruega para privar a Alemania de la minas de Gällivare. Las tropas habían embarcado en Scapa Flow, la base de la Royal Navy en las islas Orcadas, pero el ataque alemán se les adelantó en tan solo 24 horas. (El capitán Basil Lidell Hart, historiador militar británico, denominaría a la carrera por invadir Noruega una “foto finish”)”.

Las tropas anglofrancesas apoyadas por unidades noruegas, rápidamente comenzaron a recibir severas palizas por parte de los alemanes. Como señala Hastings. “En tierra, los alemanes desplegaron más vigor y mejores tácticas que los Aliados aun en las ubicaciones en que se hallaban en clara desventaja numérica.”

El coronel noruego David Thue escribió un informe a su gobierno en el que describía de la siguiente forma a los infantes británicos que pudo ver en acción: “… muchachos jovencísimo que parecen sacados de los barrios bajos londinenses. Todos muestran un gran interés por las mujeres de Romsdal, y por sus comercios y hogares, que no han dudado en saquear… Pero corren como liebres en cuanto oyen a lo lejos el motor de un avión.”

El propio Foreign Office consignó lo siguiente en un informe redactado cuando la campaña noruega tocaba a su fin: “Algunos soldados británico ebrios se pelearon en cierta ocasión con un grupo de pescadores noruegos con los que terminaron a tiros… se condujeron con una arrogancia más propia de prusianos.”

Los británicos de las altas esferas no se comportaban mejor que sus rufianes uniformados. Después de haber sido duramente castigados por los alemanes, los británicos ya empezaron a pensar en retirar sus tropas de Noruega a finales de Abril. Iban a abandonar a los noruegos a su suerte como ya habían hecho con los polacos y como les harían a los franceses en el transcurrir de apenas dos meses. Ni tan siquiera tuvieron el valor o la decencia de comunicarles a las tropas noruegas que se iban a volver a sus islas.

“Por vergonzoso que pueda resultar, lo cierto es que los jefes militares británicos destinados en Noruega recibieron órdenes de no decir a los invadidos que abandonaban el país.”

Cuando el comandante en jefe del ejército noruego, Otto Ruge, se enteró de que los aliados los abandonaban, no pudo menos que establecer ciertos paralelismos: “Conque Noruega va a tener que compartir la suerte de Checoslovaquia y Polonia. Pero ¿por qué?”

El abandono, realmente la traición, fue particularmente sangrante en muchos casos en los que unidades británicas y noruegas combatían de forma conjunta en el mismo sector. Los aliados habían desembarcado tropas en Namsos que fueron rápidamente apoyadas por unidades noruegas. Cuando llegó la orden secreta de partir, los británicos, a las órdenes del general Carton de Wiart, simplemente se retiraron sin informar a los noruegos que, de repente, descubrieron que uno de sus flancos ya no existía.

El general Claude Auchinleck, que más tarde volvería a ser arrollado por los alemanes del Afrika Korps en la frontera entre Libia y Egipto, y que por entonces mandaba las fuerzas aliadas en Narvik, dejó para la posteridad: “Lo peor de todo es tener que mentir a todos para mantener el secreto. La situación resulta en particular difícil con los noruegos, y uno no puede evitar sentirse el ser más despreciable del mundo por fingir que vamos a seguir luchando cuando estamos preparándolo todo para salir de aquí enseguida.”

Max Hastings resume este luctuoso episodio de forma elocuente: “La conducta del Reino Unido respecto de Noruega se caracterizó por la mala fe, o lo que viene a ser casi idéntico, por una falta total de sinceridad… La vileza moral y la ineptitud militar de la que se dio buena muestra en aquella campaña dijeron mucho en contra de los políticos y comandantes del Reino Unido.”

La misma falta de sinceridad que tuvieron con los polacos, a los que les habían prometido una ayuda militar que sabían que no eran capaces de aportar, animándolos así a arrojarse directamente en las fauces de la Wehrmacht. Y la misma que tendrían en breve con los franceses, a los que abandonarían de la misma forma que a los noruegos.

La incompetencia británica en tierra en la campaña de Noruega la ejemplifica a la perfección la batalla por Narvik. Una fuerza aliada de 20.000 hombres, que controlaba el mar, no fue capaz de derrotar a 4.000 alemanes que se habían quedado aislados.

El 10 de Mayo de 1940 los alemanes atacan a las tropas del imperio británico y del imperio francés en el Oeste de Europa. Repitiendo la jugada de 1914, los británicos habían desembarcado un cuerpo expedicionario, el BEF (por sus siglas en inglés) que ocuparía el flanco izquierdo del despliegue francés, es decir, el sector situado entre Bélgica y el mar. Los británicos, siempre tenían la vista puesta en la costa. La Wehrmacht vuelve a vapulear a las fuerzas anglofrancesas, aun con mayor contundencia que en Noruega. El BEF y el 1er Ejército francés, desplegados en Bélgica, son víctimas de una fantástica maniobra envolvente y, aislados del resto de las fuerzas francesas, se encuentran rodeados de alemanes y con el mar a su espalda. La única ruta de escape, el puerto de Dunquerque. Ahora, a los franceses les iba a tocar jugar el papel de los noruegos. Los británicos empezaron a abandonar las líneas defensivas para acercarse al mar, donde los esperaban sus barcos y sin decirle a sus aliados que se largaban.  Lo cuenta Antony Beevor: “(En Boulogne) el comandante francés que había recibido la orden de luchar hasta que no quedara ni un solo soldado en pie, montó en cólera. Acusó a los británicos de deserción, lo cual no hizo más que envenenar las relaciones entre los aliados.” Y Max Hastings lo corrobora: “Lord Gort (el comandante del BEF) aseguró al almirante Jean-Marie Abrial, responsable del perímetro de Dunquerque, que pondría tres divisiones a cubrir el repliegue francés. Sin embargo, después de que él partiese al Reino Unido, su sucesor Harold Alexander, no tuvo a bien cumplir la promesa. “Su decisión – repuso Abrial – es una deshonra para su patria.” Según relata Beevor, “Pero los comandantes franceses en Flandes montaron en cólera cuando descubrieron los planes de evacuación de los británicos”. “El almirante Abrial amenazó incluso con cerrar el puerto de Dunkerque a las tropas británicas.”

“Weygand (el comandante en jefe del ejército francés) habló más tarde de la propensión de los británicos a traicionar a sus aliados, lo que reflejaba el hondo convencimiento de que los del Reino Unido luchaban siempre con un ojo puesto en la ruta de escape que los llevaría a los puertos del Canal de La Mancha.”

Los jefes, como vemos, no brillaban a una gran altura. Pero, sus hombres, tampoco resultaban mejores. En la retirada desde Dunquerque, la soldadesca británica, saqueó la ciudad antes de huir. En los muelles, muchos británicos ebrios, empujaban y tiraban al mar a los pocos franceses que habían conseguido llegar hasta allí. Andrew Roberts, uno de los historiadores  británicos actuales menos autocrítico: “Se produjeron algunas escenas de pánico y borracheras –“vi a muchachos entrar en el agua a la carrera, aullando, porque mentalmente aquello era demasiado para ellos”- mencionaría el sargento Leonard Howard.” Y Antony Beevor: “… fueron tropas británicas las que asaltaron una nave destinada a los franceses, mientras que los franceses que intentaban subir a un barco británico eran empujados al mar.”

Cuando los franceses fueron conscientes de la gravedad de la situación, algo que ya era evidente el 14 de Mayo, el primer ministro Paul Reynaud imploró a sus aliados británicos que enviasen a Francia otros diez escuadrones de la RAF. Churchill, después de hablar con el Jefe del Estado Mayor del Aire, Sir Hugh Dowding, que amenazó con dimitir si le obligaban a enviar un solo “Hurricane” más en apoyo de las tropas francesas, llegó a la conclusión de que sería mejor no arriesgar esos aviones en combates sobre el continente. Si Francia caía, mejor retener los aparatos para defender las Islas. Como es lógico, esta decisión no sentó precisamente muy bien a sus aliados. Los franceses comenzaban a comprender a todos aquellos que, como los polacos o los noruegos, después de las promesas de auxilio de los ingleses, habían padecido la embestida nazi para ser inmediatamente abandonados a su suerte.

Cuando Francia cayó, pese a las frases grandilocuentes de Churchill,  absolutamente nadie en Gran Bretaña (ni fuera de ella) pensaba que el ejército de tierra británico podía tener la más mínima posibilidad de éxito si los alemanes llegaban a poner un pie en Inglaterra. Como apunta Hastings con sinceridad: “El ejército de tierra británico nunca podía aspirar a enfrentarse solo en el campo de batalla a la Wehrmacht, y la conciencia de este hecho dominó la estrategia de Inglaterra.”

La abrumadora superioridad naval, en cambio, salvó los británicos una vez más, de ser invadidos y derrotados de forma concluyente, tal y como habrían hecho los Tercios españoles si hubiesen conseguido poner los pies en Inglaterra.

Mientras Churchill arengaba a su pueblo con tremendos discursos apocalípticos y les prometía la victoria, la realidad que la opinión pública palpaba era que el Reino Unido estaba solo, que su ejército de tierra había sido expulsado de Flandes de forma ignominiosa y que permanecía acorralado en sus islas, incapaz de volver a desafiar a los alemanes en ningún escenario terrestre. El veterano primer ministro necesitaba ofrecer algo de acción, no solo a su pueblo, sino al presidente Roosevelt, del que esperaba la salvación. Curchill era consciente de que el presidente norteamericano, belicista compulsivo, necesitaba tiempo para movilizar a la opinión pública de su país, tremendamente aislacionista, a favor del intervencionismo. Y que para eso, Gran Bretaña debía hacer ver al pueblo americano con hechos, no con discursos grandilocuentes, su voluntad de luchar. El problema para los británicos era que no querían correr el riesgo de volver a ser inmisericordemente vapuleados por los alemanes. Pero tuvieron suerte. Mussolini acudió en su auxilio. En Septiembre 1940, un contingente de 200.000 italianos procedentes de Libia penetró 80 kilómetros en Egipto, defendido por  apenas 50.000 hombres de la Commonwealth. El contrataque británico, efectuado por el general O´Connor en Diciembre, la Operación Compass, supuso un durísimo descalabro para las tropas de Graziani. Dos meses después, las tropas de la Commonwealth habían avanzado 800 kilómetros dentro de Libia y de los 200.000 italianos que habían comenzado la ofensiva, 130.000 se habían rendido, dejando en manos británicas cantidades ingentes de material de guerra. La prensa en Gran Bretaña, ávida de buenas noticias que endosar a la población, no dejaba de hablar de sus fantásticos soldados en África, de su valor, de su pericia, de su agresividad.

Pero en Febrero de 1941 comenzaron a llegar a Libia soldados alemanes al mando de un tal Rommel. La alegría iba a durar poco.

5 comentarios:

  1. Don Jorge, echamos de menos sus brillantes articulos.

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  2. Bueno, a despecho tuyo, los ingleses son famosos por perder batallas pero ganar guerras, si no ve las Malvinas...

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  3. Grandísimo artículo. Si algo abunda en la historia son las falacias, sobre todo las resultantes de un chovinismo made in england.

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  4. Grandísimo artículo. Si algo abunda en la historia son las falacias, sobre todo las resultantes de un chovinismo made in england.

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  5. Muchas gracias por su amable comentario. Me anima a seguir escribiendo, algo que cada vez me cuesta más.

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