jueves, 20 de noviembre de 2014

REFLEXIONES EN UN TRISTE 20 N




Ayer fue Victoria Prego en su columna de “El Mundo”, hace unas semanas Luis María Anson en la suya de “ABC”. Ambos coincidían en que España se hunde y en que la causa de esta situación ha sido la claudicante actitud de los gobiernos de España frente al separatismo desde el advenimiento de la democracia. Cada vez son más los “sesudos” intelectuales del sistema que, ahora, cuando ya resulta evidente y no existe salida, admiten que algo se hizo mal desde 1975.

Lo que ocurre ahora es consecuencia de la política cobarde y claudicante con que la derecha proveniente del franquismo afrontó la transición del régimen del 18 de Julio al régimen democrático. Todo, absolutamente todo lo malo que ahora aflora, es consecuencia directa de la renuncia que se hizo desde el primer momento a mantener vivo el patriotismo español. Desde el momento mismo en que a los españoles se les convenció de que el bien supremo era la democracia y no la Patria, todo se acabó. Porque, al mismo tiempo, los nacionalistas hacían exactamente lo contrario, fomentaban como valor supremo el patriotismo local y el sentimiento antiespañol.

Tras casi 40 años de democracia, los únicos patriotas que pisan nuestro suelo, son los separatistas. Y ya no quedan españoles, convertidos todos en demócratas, dispuestos a luchar contra el separatismo. Por la sencilla razón de que nadie en España ha estado jamás dispuesto a luchar, matar y morir por la democracia, ni tan siquiera durante nuestra Guerra Civil; tal vez con la excepción de Azaña – el político preferido de Aznar – que era un líder sin seguidores, partidario de una democracia, masónica, izquierdista, anticatólica y sectaria… pero democracia  (es decir, exactamente lo que hoy tenemos). En los años treinta unos luchaban por España, otros por la Revolución bolchevique o anarquista y otros por la independencia de su terruño. Pero nadie luchaba por la democracia.

No estaría mal que esos sesudos analistas demócratas que ahora se lamentan de lo mal que se gestionó durante las tres últimas décadas la “cuestión territorial” tuviesen la vergüenza torera de reconocer que ya en 1977 la catástrofe actual se veía venir y que solo los “agoreros” del denostado “búnker” lo denunciábamos sin parar. Ahora se lamentan de que la Constitución incluyese el concepto de “nacionalidades” para referirse a algunos territorios. Ahora se lamentan de haber concedido tanto crédito político y económico a los nacionalistas.

Todas las experiencias políticas del pasado en las que los gobiernos de España quisieron ser comprensivos con los nacionalistas y se empeñaron en integrarlos en la gobernabilidad de España a cambio de reconocer sus “hechos diferenciales” y de otorgarles ámbitos propios de administración y gobierno, han acabado igual. En el desastre.

Quienes formábamos parte del “búnker” en los años 70 nunca fuimos agoreros, pero tal vez éramos los únicos que sabíamos algo de Historia o quizá los únicos que éramos capaces de extraer de la Historia de España las consecuencias reales y no las deseadas.
 
España se encuentra al borde mismo de la desaparición. Después de cinco siglos de Historia repleta de aventuras, gestas y heroísmo, esta vieja nación europea se disolverá sin cobrarse el más mínimo tributo de sangre. Y plácida y democráticamente, dejará de existir.

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