jueves, 8 de agosto de 2013

OPERACIÓN ACHSE. Jorge Álvarez.




El Rey Víctor Manuel III y el general Badoglio

Hace ahora setenta años, en el verano de 1943, tuvo lugar una de las operaciones militares más brillantes y menos conocidas de la Segunda Guerra Mundial, la Operación Achse. El éxito total y fulminante de esta operación, resuelta en su parte esencial en cuestión de horas, resultó en su momento decisivo para la marcha de la guerra.

Actuando con una eficacia, una precisión y una rapidez deslumbrantes, las tropas alemanas desplegadas en Italia, en el Sur de Francia, en los Balcanes y en el Egeo, en las horas inmediatamente siguientes al anuncio oficial del cambio de bando de sus aliados italianos, desarmaron al Regio Esercito, abrumadoramente superior en número, sin apenas sufrir (ni causar) bajas. El mérito de la ejecución de esta operación es aún mayor considerando que los aliados habían hecho coincidir el anuncio de la rendición italiana con el desembarco de cuatro divisiones angloamericanas en Salerno, al Sur de Nápoles.


Desde el derrocamiento de Mussolini a finales de Julio y su sustitución por el general Badoglio, y a pesar del compromiso del nuevo gobierno italiano de permanecer en la alianza del Eje y no abandonar la guerra, los alemanes sospechaban que las verdaderas intenciones de Badoglio y el rey Víctor Manuel eran otras.

Incluso antes de la caída del Duce, en Mayo de 1943, los alemanes ya disponían de informes de los servicios de inteligencia que advertían de la desmoralización de los italianos y de la creciente desafección hacia el régimen fascista entre el pueblo y las fuerzas armadas. En esas fechas, el alto mando alemán comenzó a considerar por primera vez la posibilidad de tener que enfrentarse a una repentina y unilateral rendición italiana. Así surgieron una serie de planes para desarmar a las fuerzas italianas llegado el momento: el plan Alarich para desarmar a los soldados italianos en la propia Italia, el plan Konstantin para desarmar a las fuerzas italianas desplegadas en los Balcanes, el plan Siegfried para hacer lo propio con los italianos que ocupaban el Sur de Francia... A finales de Julio los diversos planes fueron refundidos en uno, la Operación Achse (Eje).

 
Por esas fechas, fue reactivado el Grupo de Ejércitos B, en el Norte de Italia y a las órdenes del mariscal Rommel. Varias divisiones alemanas comenzaron a atravesar los Alpes desde finales de Julio, pese a las protestas del gobierno italiano, que ya estaba en conversaciones secretas con los aliados para traicionar a los alemanes. Éstos se excusaron asegurando a sus dudosos aliados circunstanciales que las divisiones alemanas se estaban desplegando en la zona septentrional de Italia en previsión de algún desembarco aliado al Norte de Roma, bien en la costa mediterránea o en la adriática. En total, ocho divisiones alemanas, entre ellas la legendaria 1ª división panzer SS Leisbtandarte Adolf Hitler se desplegaron por el Norte de Italia. El 27 de Julio, la 2ª división de paracaidistas del general Bernhard Ramcke aterrizó ante la sorpresa general en el aeródromo romano de Pratica di Mare, y se desplegó al Sur de la capital. Ni tan siquiera al comandante en jefe de las fuerzas alemanas en el Sur de Italia, mariscal Kesselring, se le había comunicado su llegada. Como tendremos ocasión de ver, esta división jugaría un papel decisivo en la operación Achse unas semanas más tarde.

La tensión entre las autoridades italianas y el mando militar alemán iban en aumento, a la par que la desconfianza mutua. Los italianos sabían que los alemanes estaban tomando posiciones en suelo italiano para lanzarse sobre sus tropas en el momento en el que se hiciese oficial la rendición. Y los alemanes sospechaban que la traición era cuestión de días. Pero, mientras siguiesen siendo aliados formales, nada podían hacer, más que esperar, vigilarse el uno al otro y prepararse. Las reuniones se sucedían, repletas de promesas y buenas palabras por parte de los italianos. Pero la desconfianza subyacente era palmaria.

Mariscal Albert Kesselring

El mariscal Kesselring, que había dirigido a las tropas alemanas junto a las italianas en las recientes campañas de Sicilia y Calabria, se encontraba en una situación muy complicada. A él le costaba creer que sus camaradas italianos fuesen a cometer semejante vileza, pero desde el cuartel general del Führer no cesaban de llegarle informes de que la traición era inminente y advertencias para que estuviese preparado y, llegado el momento, pusiese en marcha la Operación Achse de forma fulminante y sin contemplaciones ni sentimentalismos.

Kesselring sabía que en cualquier momento iba a tener que afrontar un doble desafío, la traición italiana y un poderoso desembarco aliado. Pero ignoraba cuándo y cómo iban los italianos a abandonarle y tampoco sabía cuándo ni dónde atacarían los aliados. Temía que ambos acontecimientos se superpusieran obligando a sus hombres a combatir contra los angloamericanos en alguna playa y contra sus antiguos aliados italianos en su retaguardia. El panorama era sombrío. No es de extrañar que Kesselring comentara en sus memorias que los días previos a la defección italiana y al desembarco en Salerno iban minando sus nervios[1].

Los nuevos dirigentes italianos se habían puesto en contacto con los aliados prácticamente desde el mismo día del derrocamiento de Mussolini, el 24 de Julio. A escondidas de los alemanes, con quienes mantenían un repugnante doble juego, el general Giuseppe Castellano, enviado del gobierno de Badoglio, se reunió el 15 de Agosto en Madrid con el embajador británico y tres días más tarde, las conversaciones siguieron en Lisboa con altos jefes de las fuerzas militares aliadas, como los generales Bedell Smith y Kenneth Strong y representantes diplomáticos anglosajones, como George Kennan.

El armisticio finalmente fue firmado el 3 de Septiembre en Cassibile, Sicilia. Castellano firmó en nombre de Badoglio y Bedell Smith en el de Eisenhower. Sin embargo, se acordó mantener el acuerdo en secreto y sería Eisenhower quien se reservase el derecho a hacerlo público cuando lo considerase oportuno. El momento oportuno sería el 8 de Septiembre, horas antes del desembarco aliado en Salerno.
 
El general Castellano saluda a Eisenhower
 

El 7 de Septiembre el general Maxwell D. Taylor, de la 82 división aerotransportada americana, acompañado del coronel William T. Gardiner se desplazó hasta Roma, en una misión sumamente delicada y peligrosa, para reunirse con los militares italianos al mando de las tropas que estaban desplegadas en la capital italiana y sus alrededores. Con motivo de las conversaciones del armisticio, el general Castellano se había comprometido con los aliados en un ambicioso plan, la Operación Giant II; en el momento en el que éstos desembarcasen en Salerno y se hiciese pública la rendición, la 82 división aerotransportada americana aterrizaría en aeródromos próximos a Roma. Las fuerzas italianas, según Castellano, ocuparían previamente estos aeródromos y además, proporcionarían vehículos y apoyo logístico a los paracaidistas. Estas tropas, actuando conjuntamente, mediante un audaz golpe de mano, se apoderarían de Roma antes de que pudiesen hacerlo los alemanes. Para coordinar esta ambiciosa operación, se habían infiltrado en Roma con grave riesgo personal Taylor y Gardiner. Los paracaidistas se reunieron con el general Carboni, comandante del corpo d'armata motocorazzato, formado por cuatro divisiones acantonadas en torno a Roma. Apenas se encontraron con Carboni en el Pallazzo Caprara los dos oficiales americanos hubieron de escuchar consternados cómo el general Carboni desplegaba todo tipo de excusas para no comprometer a sus tropas en la operación conjunta con los paracaidistas estadounidenses. Todo lo que les había asegurado Castellano lo negaba Carboni; les explicó que sus hombres no estaban aún preparados para poder enfrentarse a los alemanes con mínimas posibilidades de salir victoriosos. Advirtió a los atónitos americanos que no podrían garantizar el control de los aeródromos en los que debían aterrizar sus hombres, que el ejército italiano andaba escasísimo de municiones y que el aterrizaje de la 82 aerotransportada sólo serviría para enfadar aún más a los alemanes. A pesar de que los italianos contaban con cuatro divisiones, dos de ellas acorazadas frente a dos divisiones alemanas, una de ellas acorazada, que sobrepasaban a los alemanes en una proporción de tres a uno y de que conocían mucho mejor el terreno – “jugaban en casa” – Carboni estaba literalmente aterrorizado. Entonces el general Taylor, abrumado por el “alarmante pesimismo”[2] de Carboni exigió entrevistarse inmediatamente con Badoglio. Los militares americanos fueron llevados a la residencia del nuevo jefe de estado italiano sobre la medianoche. Badoglio, en pijama, confirmó a Taylor y Gardiner todo lo que Carboni había expuesto. Los italianos querían que se suspendiese la Operación Giant II y que Eisenhower no hiciese pública la rendición italiana, porque ambas cosas a la vez iban a provocar una terrible reacción de los alemanes. Badoglio incluso llegó a pedir a los atónitos americanos que Eisenhower pospusiera el desembarco en Salerno, que iba a tener lugar al amanecer, cuando todas las tropas se hallaban embarcadas y en camino[3]. Taylor, alarmado por el pesimismo y la total carencia de fe en la misión que mostraban sus nuevos aliados y previendo un auténtico desastre para sus paracaidistas si la operación seguía adelante, envió varios mensajes por radio para cancelar Giant II. Teniendo en cuenta que la 82 aerotransportada sólo podría poner en tierra en la primera oleada a unos 2.500 paracaidistas, resultaba evidente que sin la colaboración de las tropas italianas, sus hombres serían triturados por los cerca de veinte mil alemanes de la 3ª división de granaderos panzer y de la 2ª división de paracaidistas, desplegados respectivamente al Norte y al Sur de la Ciudad Eterna. La cancelación de la Operación Giant II llegó por los pelos a los aeródromos de Sicilia en los que los soldados del 504 regimiento de infantería paracaidista estaban a punto de despegar a bordo de sus Douglas C-47. De hecho, algunos aparatos habían despegado, pero tuvieron tiempo de regresar.

General Maxwell D. Taylor

Tal vez molesto por el sorprendente cambio de opinión de Badoglio en el último momento, con las tropas ya embarcadas con destino a Salerno y con los paracaidistas de Giant II subidos a los aviones, Eisenhower se negó en redondo a posponer unos días el anuncio del armisticio firmado el día 3 en Cassibile. El 8 de Septiembre de 1943 a las 18’30 el cuartel general de Eisenhower en el Norte de África comunicó al mundo la rendición del gobierno italiano ante las fuerzas de las Naciones Unidas. Ahora, Badoglio, Carboni y compañía, tendrían que enfrentarse a Kesselring solitos. Y, ciertamente, el mariscal de campo alemán, aunque era conocido como “el sonriente Albert”, tenía motivos para sentirse enfadado con los italianos.

 
General Carboni, al frente del corpo d'armata motocorazzato en Roma
 
A pesar de que desde el comunicado del cuartel general aliado de las 18’30 la rendición italiana era oficial, era ya un hecho, los oficiales del Regio Esercito seguían asegurando a Kesselring que la noticia era falsa y que se trataba de un engaño de los aliados. No obstante, aproximadamente una hora después, Badoglio emitía por radio un comunicado reconociendo el fin de las hostilidades entre Italia y los aliados.

“A todas la fuerzas en tierra, mar y aire. El gobierno italiano […] reconociendo el apabullante poderío de su enemigo […] ha solicitado un armisticio al general Eisenhower. […] Esta petición ha sido aceptada. Las fuerzas italianas, por ende, cesarán todas las hostilidades contra las fuerzas angloamericanas dondequiera que se encuentren con ellas. Sin embargo, responderán a ataques de cualquier otro frente.*


Es decir, los italianos no solo se rendían, de hecho, cambiaban de bando. Porque la orden de responder a ataques de cualquier otro frente era una clara muestra de beligerancia hacia sus antiguos aliados alemanes. Badoglio ordenaba a su ejército entregar las armas a los anglosajones, pero a la vez, combatir a los alemanes si éstos les conminaban a entregárselas a ellos.

Poco después de grabar este mensaje, Badoglio y la familia real huyeron de Roma en la oscuridad de la noche, apresuradamente y a escondidas, dejando abandonados a los romanos y las tropas a las que habían ordenado enfrentarse a los teutones.

Mientras tanto, los alemanes se encontraban también bastante confundidos y de no ser por la actuación de Kesselring, las fuerzas de la Wehrmacht podían haber acabado saliendo de Italia de forma precipitada. En las primeras horas desde el anuncio de la rendición italiana y de la aproximación de la fuerza de invasión a Salerno, el alto mando alemán en el Oeste (OKW), el Grupo de Ejércitos B de Rommel en Italia Septentrional y el Comando Sur de Kesselring, estaban hechos un lío. Rommel, con su habitual carencia de habilidad estratégica, era partidario de abandonar Italia a los aliados y formar una línea defensiva al Norte del Po, prácticamente en los Alpes. Rommel era un buen táctico, un gran comandante de Cuerpo de Ejército, pero cualquier mando superior le venía grande. A Hitler, que no pensaba únicamente desde una perspectiva militar, entregar Italia le desagradaba por varias razones. En primer lugar, desde el centro de la península italiana los aliados podrían establecer aeródromos desde lo que podían alcanzar con facilidad Viena y las grandes ciudades del Sur de Alemania y los campos petrolíferos rumanos de Ploesti, que aportaban al Reich tres cuartas partes del petróleo que permitía mantener activa a la maquinaria bélica alemana. Pero además, abandonar Italia precipitadamente y sin lucha, entregando la península entera al enemigo, dejaba en muy mala situación estratégica a otros aliados de Alemania, como Croacia y sobre todo Rumanía y permitía a los aliados tomar posiciones desde las que podrían amenazar Hungría y Austria. No obstante, en el OKW la idea de Rommel podía ser la única salida si los aliados desembarcaban al Norte de Roma y amenazaban con aislar al 10º ejército del general Von Vietinghoff, que combatía al 8º Ejército de Montgomery en el tacón de la bota italiana. Antes de que el 10º Ejército pudiese quedar aislado del Grupo de Ejércitos B y se perdiese irremisiblemente, podía ser aconsejable retirarlo hacia el Norte para que se uniese a las fuerzas de Rommel en la línea defensiva que éste proponía. Kesselring, en cambio, pensaba que si las fuerzas aliadas desembarcaban al Sur de Roma, él podría aprovechar las enormes ventajas que el terreno ofrece en la península italiana para librar una batalla defensiva en el Sur. Cuando Kesselring tuvo confirmación de que los aliados habían limitado su desembarco a la zona de Salerno, al Sur de Nápoles, respiró aliviado. Pero no del todo. Le preocupaba sobremanera que los aliados intentasen acompañar la operación anfibia de Salerno con una operación aerotransportada sobre Roma. No sabía que ése era el plan original y que sólo a última hora, la indecisión de los italianos lo había abortado. En las primeras caóticas horas desde el anuncio de la rendición y de la aproximación de la fuerza de desembarco a Salerno, el coronel de las SS Eugen Dollmann, un curioso personaje a caballo entre diplomático, contacto alemán con el Vaticano, espía (y homosexual)  le dijo a Kesselring que según una de sus fuentes de información el general Taylor estaba en Roma negociando con los italianos. Para Kesselring esta noticia era una confirmación de que su pesadilla de una operación paracaidista aliada contra Roma era un hecho. El proverbial optimismo de Kesselring quedó atenazado durante unas horas. Después del desembarco del 8º Ejército británico en Calabria el 3 de Septiembre él había acertado plenamente al pronosticar que habría un segundo desembarco y también había identificado el área de Salerno como el lugar con más probabilidades de ser el escenario de la siguiente operación anfibia aliada, razón por la que desplegó allí a la 16ª división panzer[4]. Sin embargo, esto eran meras previsiones. Aún no sabía realmente si la fuerza de desembarco que se aproximaba a Nápoles desembarcaría en esa zona o seguiría hacia el Norte para lanzar a las tropas cerca de Roma o incluso más al Norte. Y esperaba que en cualquier momento la 82 aerotransportada cayese sobre Roma. En aquel momento Kesselring había abandonado su idea de hacerse con el control de la capital italiana y estaba mucho más preocupado por asegurar las vías por las que sus fuerzas debían retirarse hacia al Norte que por cualquier acción ofensiva. Sin embargo, hacia la medianoche del 8 de Septiembre comenzó a reconsiderar la posibilidad de permanecer en Roma y enfrentarse a los aliados en Salerno. Todos los informes confirmaban que la fuerza enemiga había desembarcado todos sus efectivos al Sur de Nápoles y que no había riesgo de un segundo desembarco más al Norte. Y, pasadas las horas, nada indicaba que los paracaidistas fuesen a descender sobre la Ciudad Eterna. En ese momento, recuperó su optimismo y su audacia y, como señala Robert Katz,

“… Las fuerzas italianas, aunque seguían siendo más numerosas que las alemanas, actuaban de manera errática, oponían una resistencia confusa y en algunos casos se disolvían. Kesselring lo desconocía en aquel momento, pero el plan de los militares italianos para la defensa de Roma, bautizado “Memoria 44”, no se había definido aún y no llegaría a hacerse, pues se había extraviado en un paralizante laberinto de temor y confusión entre los subordinados del rey. Por su parte, Kesselring comenzó una maniobra de cerco y cortó uno a uno los dieciocho accesos a Roma.”

Sin embargo, las horas en las que Kesselring había optado por abandonar Roma fueron aprovechadas, como vimos, por Badoglio y la familia real para huir de la capital y evitar ser apresados por los alemanes. Cuando decidió que podía hacerse con el control de la ciudad, los pájaros habían volado. No fue hasta bien entrada la noche cuando el mariscal Kesselring envió a sus unidades la palabra clave Achse. La 3ª división de granaderos panzer comenzó a avanzar sobre Roma desde el Norte y la 2ª división de paracaidistas comenzó a hacer lo mismo desde el Sur. Entre tanto, en el corpo d'armata motocorazzato reinaba el más absoluto desconcierto.

La realidad terca es la siguiente: el ejército italiano, que en Septiembre de 1943 fue desarmado por unas fuerzas alemanas entre cinco y seis veces menos numerosas, contaba con tres millones de soldados. La inmensa totalidad de estas fuerzas se rindieron sin lucha en cuestión de horas desde el anuncio del armisticio en la tarde del 8 de Septiembre. En Roma no quedaba un solo soldado combatiendo a mediodía del 10 de Septiembre. Sólo algunas guarniciones en islas del Egeo se rindieron algo más tarde y en algún lugar, después de oponer una mínima resistencia. En cualquier caso, a mediados de Septiembre, el ejército italiano de tres millones de soldados había dejado de existir.[5]

Sin embargo, suele ser habitual en los relatos acerca de la guerra en Italia, que el lector se encuentre con páginas y páginas en las que se describen pormenorizadamente los heroicos actos de resistencia de las tropas italianas frente a los alemanes que intentaban desarmarlos. Es decir, los historiadores ignoran la Historia y se recrean en las anécdotas, mucho más útiles para sus propósitos propagandísticos (como una supuestamente heroica resistencia de la división de Granaderos de Cerdeña en la Porta San Paolo y aledaños, junto con civiles que acudieron pidiendo armas). Y al mismo tiempo olvidan relatar cómo la práctica totalidad del Regio Esercito se volatilizó de la noche a la mañana prácticamente sin pegar un solo tiro.

Hablemos pues de lo que pasó de verdad. Entre la madrugada del 9 de Septiembre y la mañana del 10 los casi noventa mil soldados italianos que debían impedir a 25 mil alemanes tomar Roma, se habían rendido. Los heroicos combates no debieron serlo tanto, porque apenas cayeron en ellos 100 soldados alemanes, 414 soldados italianos, y unos 180 civiles (en realidad terroristas comunistas a los que el general de la división de Granaderos de Cerdeña, Gioacchino Solinas, entregó ilegalmente armas). Un ejemplo entre muchos de cómo se cuenta esta historia lo encontramos en el relato del profesor Andrea Saccoman,

“Las unidades de la división de Granaderos de Cerdeña en Cecchignola, en Magliana y finalmente en la puerta San Paolo, combatieron valerosamente, sostenidos por grupos de civiles que espontáneamente se unieron a ellos y de antifascistas militantes, a quienes el general Carboni había distribuido armas y municiones en el último momento. El combate de la puerta San Paolo continuó sin interrupción durante varias horas y fue seguido de enfrentamientos esporádicos en otras puertas y carreteras. El avance alemán fue en consecuencia afrontado y ralentizado durante algún tiempo. En el sector norte la división motorizada Piave fue atacada en la zona de Monterotondo, pero continuó resistiendo. La división acorazada Ariete II bloqueó a una columna alemana que avanzaba sobre Roma obligándola a ponerse a la defensiva, hasta que llegó la orden de replegarse hacia Tivoli y el movimiento se ultimó a las 2 de la mañana del 10 de septiembre. Aquel día, a las 16 horas, se firmó la capitulación de las tropas italianas que defendían Roma.”

 
Lo que realmente ocurrió es que las columnas alemanas que convergían sobre Roma desde diversos puntos encontraron resistencia desigual. La mayoría de las tropas italianas se rindieron inmediatamente o después de ofrecer una resistencia simbólica para salvar el honor antes de negociar con los comandantes alemanes. Éstos tenían órdenes de intentar agotar esta vía antes de derramar sangre. Si las tropas alemanas no acabaron más rápidamente con los escasos focos de resistencia que hallaron, fue en gran medida por la confusión reinante entre los italianos, que provocó bastantes dudas entre los alemanes. Una unidad italiana apostada en una avenida se rendía sin combatir a las primeras de cambio, otra, cuatro calles más abajo, disparaba contra los alemanes nada más verlos, pero inmediatamente cesaba el fuego para negociar y, otras, combatían con algo más de persistencia. Para los alemanes, resultaba difícil evaluar las intenciones de las tropas italianas que les salían al paso, porque su actitud errática los desconcertaba. Pero, en pocas horas, es un hecho que toda resistencia había cesado.

A pesar de lo caótico de la situación, Kesselring condujo con mucha habilidad las operaciones contra sus aliados de ayer-enemigos de hoy. Actuó no sólo como militar, sino también como diplomático. Mientras sus tropas avanzaban, él, desde su cuartel general en Frascati, permanecía en contacto con cualquier autoridad civil o militar italiana que estuviese dispuesta a negociar. Y los oficiales alemanes de las unidades que marchaban sobre Roma, estaban autorizados para hacer lo mismo sobre el terreno, es decir, al primer intercambio de disparos, tratar de negociar con el oficial italiano más próximo apelando a la vieja camaradería, al inútil derramamiento de sangre, etc. Consciente de la falta de coordinación de la defensa italiana, de las órdenes contradictorias que habían recibido muchas unidades y del casi nulo espíritu combativo de la tropa, que en su gran mayoría sólo aspiraba a rendirse al primero que le autorizase a volver a casa, fuese anglosajón o alemán, Kesselring fue moviendo sus fichas con habilidad, ante un enemigo más fuerte en número, pero mucho más débil en determinación. La vergonzosa huida de Badoglio y la familia real ayudó a los alemanes a convencer a las desmoralizadas fuerzas italianas de que no merecía la pena morir por un gobierno que los había abandonado. Kesselring, una vez convencido de que no habría batalla por Roma, delegó en su jefe de estado mayor, general Westphal los detalles concretos de la negociación con los italianos, para dirigir las operaciones contra los anglosajones que estaban intentando consolidar su cabeza de playa en Salerno.

Mientras tanto, las divisiones del Grupo de Ejércitos B iban desarmando sin contratiempos a los italianos al Norte de Roma. Los fuertes contingentes del Regio Esercito en Turín y en Milán entregaron sus armas amigable y ceremoniosamente a los hombres de Rommel. Cerca de la frontera francesa, en el Piamonte tuvo lugar un conato de resistencia fulminantemente sofocado por el III batallón del 2º regimiento de granaderos panzer de la división Leibstandarte SS al mando del carismático comandante Joachim Peiper. En cuestión de horas, 17 divisiones italianas habían entregado las armas a siete divisiones alemanas.

Italia mantenía un millón de soldados en el Sur de Francia, Albania, los Balcanes y Grecia y sus islas. En la mayoría de estos escenarios, que constituían el área de influencia de Italia, los alemanes habían cedido el protagonismo a sus aliados italianos y las fuerzas alemanas eran netamente inferiores en número. Sin embargo, la historia se repitió y las rendiciones sin lucha fueron la tónica dominante. No obstante, las escasas excepciones han sido amplificadas en la historiografía italiana y anglosajona hasta la náusea, como ocurre con la breve resistencia de la división Acqui en Cefalonia que llegó a inspirar una novelita “La mandolina del capitán Corelli” y la delirante película con el mismo título, con Nicolas Cage y Penélope Cruz. Las represalias de los alemanes contra los soldados italianos que se rindieron en Cefalonia después de haber opuesto alguna resistencia, han sido igualmente aprovechadas para intentar exaltar un heroísmo apenas existente y ocultar una verdad molesta[6].

A principios de Octubre, Hitler, después de comprobar que los aliados habían sido tan incompetentes como para desembarcar muy al Sur de Roma y que los italianos se habían rendido sin lucha, ya había tomado partido por la estrategia de Kesselring, al que encomendó en exclusiva la defensa de Italia. Los alemanes se parapetaron en una línea de costa a costa, en la zona más estrecha de la bota italiana, de Gaeta a Ortona, la legendaria Línea Gustav, con el centro de la defensa en la zona montañosa de Cassino. Rommel y su Grupo de Ejércitos B fueron reinstalados en Francia. Los aliados no pudieron entrar en Roma hasta nueve meses más tarde, en Junio de 1944 y no alcanzaron el valle del Po, al que se quería retirar Rommel en Septiembre de 1943, hasta 18 meses después, prácticamente al final de la guerra, en Marzo de 1945.


Del millón de italianos que entregó las armas en Septiembre de 1943 en la península, no más de 40 mil se presentaron voluntarios para continuar la guerra al lado de sus camaradas del Eje. Los demás solo aspiraban a regresar a sus casas. Pero muchos no lo consiguieron y fueron enviados a Alemania como trabajadores forzosos. La traición no siempre sale gratis.



[1] Albert Kesselring, Memorias del mariscal de campo Kesselring, Tempus, 2009.
[2] Guy Lofaro, The Sword of St. Michael: The 82nd Airborne Division in World War II, Da Capo Press, 2011, pp. 135-136.
[3] Robert Katz, La batalla de Roma. Los nazis, los aliados, los partisanos y el Papa, Turner, 2003, p.57.
* El subrayado es mío.
[4] Robin Neillands, Octavo Ejército, Inédita Editores, 2005, p. 385.
[5] Andrea Saccoman, La Campgna d’Italia. Dallo sbarco in Sicilia alle battaglie di Cassino: gli evento cruciali que portarono alla liberazione della penisola, Hobby & Work, 2007, p. 45.
[6] La llamada masacre de Cefalonia es un hecho controvertido. Parece ser que los alemanes fusilaron a casi todos los oficiales de la división Acqui que se rindieron y a muchos soldados, pero no existe unanimidad en la cifra de ejecutados. Cuando el caso fue visto en Nüremberg, nadie, ni tan siquiera el gobierno italiano, presentó pruebas y el asunto permaneció casi en el olvido hasta muy recientemente. En cualquier caso, conviene recordar que los alemanes se vieron obligados a intervenir en Grecia contra su voluntad cuando el ejército italiano, sin previo aviso a sus aliados ni declaración formal de guerra, invadió Grecia en Octubre de 1940 desde Albania. La incompetencia de los italianos, que fueron rechazados por las fuerzas griegas hacia Albania en pocos días, obligó, muy a su pesar a Alemania enviar tropas para sacar a sus aliados del lío en el que tan frívola e irresponsablemente se habían metido. Los griegos fueron derrotados por la Wehrmacht y pidieron rendirse sólo ante ella. Los italianos protestaron airadamente y Hitler, realmente avergonzado, para no dejar más en evidencia a su aliado, obligó a los valerosos griegos a rendirse también ante el Regio Esercito, un ejército al que realmente habían derrotado. Como desde la revolución garibaldina y la unificación de Italia, los gobiernos italianos habían entendido que Grecia, las islas del Egeo (e incluso la costa turca de Anatolia) debían formar parte de un vasto imperio mediterráneo, los alemanes, muy poco interesados por la estrategia mediterránea dejaron en gran medida esta zona bajo la ocupación italiana. Cuando alguna guarnición, como la de Cefalonia, decidió luchar contra la Wehrmacht, es lógico entender el profundo malestar que esta actitud tan poco honorable podía provocar en los alemanes, que se habían visto arrastrados a este teatro de operaciones contra su voluntad por la ambición mal medida de los italianos, que repentinamente los traicionaban cambiando de bando.

4 comentarios:

  1. Como siempre, interesante artículo. Son muchas las "lecturas que se deducen del subtexto":
    - La tradicional valentía del soldado italiano
    - Como decía el famoso y magnífico (y también olvidado) personaje de José María Pemán "Séneca", la admirable capacidad de los italianos para ganar las guerras que pierden.
    - Que la Historia siempre la escriben los vencedores.
    - Si Rommel hubiera parado a los alemanes en Normandía, el mito no existiría.
    - Por fin, que el autor nunca debió estudiar Derecho.

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  2. Gracias amigo. Lo mejor, tu última observación.
    Y, Rommel, nunca hubiese podido parar a los aliados en Normandía con su ridícula teoría de "hay que rechazarlos en las playas".

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  3. En cuanto a la última observación: yo tampoco

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  4. Una vez más un artículo muy bueno... tanto que los profesionales del oficialismo histórico lo declararian revisionista.

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