martes, 25 de junio de 2013

1943-2013. SETENTA AÑOS DE LA HAMBRUNA DE BENGALA. UN ANIVERSARIO OLVIDADO. Jorge Álvarez.


La Segunda Guerra Mundial generó cantidad de acontecimientos cuyos aniversarios se conmemoran regularmente y de forma fastuosa, según se dice, para que no caigan en el olvido. En cambio, otros, curiosamente, pasan prácticamente desapercibidos.

Hace ahora setenta años, en la primavera de 1943, el hambre comenzó a cebarse con los habitantes de Bengala, región situada en el Noreste de la India controlada por los británicos. En los siguientes 12 meses más de tres millones habían perecido. La ocupación japonesa de Birmania cortó una vía de suministro de arroz a Bengala y la política de tierra quemada de la administración británica empeoró la situación al destruir medios de transporte, infraestructuras, barcas de pesca, privando de esta forma a los bengalíes de casi todos los medios para proveerse de alimentos. La absoluta falta de interés de los británicos a la hora de adoptar medidas para evitar el caos, fue la responsable directa de que la llegada de la guerra a las puertas de la India generase esta dantesca hambruna. Durante meses, las autoridades del British Raj no hicieron absolutamente nada para evitar o paliar los efectos de esta catástrofe que habían provocado. El virrey, general Wavell, calificó la actitud del gobierno de Churchill hacia la India como “negligente, hostil y desdeñosa.” Y llegó a manifestar:

“Es escandaloso que no hayamos realizado ningún progreso con respecto a las importaciones de alimentos tras seis meses de discusión.”

Seis meses de discusión… y de obstruccionismo deliberado por parte del Gabinete de Guerra liderado por Winston Churchill. Seis meses que se llevaron por delante la vida de varios millones de indios. Cuando la magnitud del desastre se hizo evidente y los administradores británicos de la India acudieron a solicitar auxilio al gobierno de Londres, se encontraron con la fría y tenaz oposición de Winston Churchill a facilitar cualquier tipo de ayuda humanitaria a la población bengalí. En respuesta a un telegrama desde Delhi solicitando ayuda, Churchill respondió, con ese particular ingenio que tanto gusta a sus admiradores:

“Si están muriendo tantos indios de hambre ¿cómo es que Gandhi no se ha muerto todavía?”

En una reunión del Gabinete de Guerra en la que se habló de este asunto, Churchill dijo a sus colaboradores que la hambruna era responsabilidad de los bengalíes “porque procreaban como conejos.”

En su reciente y exitosa obra “La guerra de Churchill”, el historiador británico Max Hastings escribió:

“Más tarde, la negativa de Churchill a desprenderse de una pequeña parte de alimentos para aliviar la hambruna de Bengala, que provocó la muerte de unos tres millones de personas, horrorizó tanto al virrey como a Amery, Secretario de Estado para la India.”[1]

Uno de los principales impulsores de esta política criminal hacia la India fue Lord Cherwell, el asesor de máxima confianza de Churchill. El mismo individuo que le aconsejó lanzar la campaña de bombardeos terroristas contra objetivos civiles sobre Alemania y el mismo que en la conferencia de Quebec de Septiembre de 1944, en connivencia con su correligionario Henry Morgenthau, convenció al Primer Ministro de la necesidad de aplicar al Reich derrotado el siniestro y criminal Plan Morgenthau.[2]

El Imperio Británico disponía de enormes reservas de alimentos almacenados en diferentes lugares, desde Canadá a Australia, pasando por Oriente Medio. Pero Churchill se negó rotundamente a que parte de estas reservas fueran enviadas a Bengala. El Primer Ministro quería que todos los recursos disponibles fuesen destinados permanentemente a mantener el esfuerzo bélico y no estaba dispuesto a destinar ni un solo barco a transportar alimentos que según él, hacían mucha más falta en otros lugares.

Según el historiador escocés Donny Gluckstein,

“El registro oficial señala que el primer ministro canadiense tenía 100.000 toneladas de cereal cargadas en un barco con destino a la India, pero “una llamada personal de Winston le disuadió” de enviarlo.

…tampoco llegaría ayuda alguna de Gran Bretaña porque, en palabras de Churchill, desviar barcos a la India podría afectar “las importaciones de alimentos a este país.”[3]

La prioridad era alimentar a los soldados desplegados en la India, después a los indios que trabajaban en las industrias puestas al servicio de la maquinaria bélica aliada y ni se podía considerar seriamente emplear barcos necesarios para el transporte de material de guerra y de tropas para alimentar bocas inútiles.

La actitud del gobierno británico resulta aún más repugnante teniendo en cuenta que la India estaba siendo salvajemente explotada en beneficio del esfuerzo bélico aliado. Su economía se puso al servicio de los intereses bélicos de “las Naciones Unidas”. El que fuera director del programa de “Préstamo y Arriendo” desarrollado por el gobierno de Roosevelt, Edward Stettinius y que poco después llegaría a ser Secretario de Estado, escribió durante la guerra un curioso libro explicando la enorme contribución a la victoria que estaba aportando este programa económico. Entre otras cosas, dejó escrito:

“Se pedía a la industria índica que auxiliase a América y a la Gran Bretaña en el envío de municiones y la India era un país mucho más industrial de lo que la mayoría de americanos suponía.”

“Pequeños talleres, esparcidos por toda la India, habían sido adaptados a la producción de material de guerra.”

“La India poseía la mano de obra, las materias primas y las fábricas.”[4]

La economía de la India había sido puesta de rodillas al servicio de sus amos británicos y sus empresas reconvertidas para producir armamento y municiones, aunque el pueblo indio necesitase esas fábricas para producir otro tipo de bienes de uso civil y de en muchos casos de primera necesidad. Como consecuencia de todo ello, sobrevino la hambruna.

Que la India estuviese pagando tan alto precio exprimida para mayor gloria del esfuerzo bélico aliado no conmovía en absoluto a Churchill. Para un imperialista como él, las penalidades de los indios no significaban nada. Si para que el Imperio Británico ganase la guerra, tenían que morir de hambre por millones, ese y no otro era su destino. Sus vidas no importaban, la supervivencia del Imperio, sí.

Es habitual leer y escuchar a los historiadores y propagandistas de la versión única de la Segunda Guerra Mundial denunciando estremecidos la brutal utilización de mano de obra esclava por parte del Tercer Reich. Pero se suele ignorar que sólo en la India los británicos explotaban a 400 millones de personas, muchas más de las que cayeron bajo la ocupación alemana en el momento de mayor expansión del Tercer Reich. La única diferencia consistía en que los nazis utilizaban como esclavos a europeos de países enemigos ocupados y los aliados a súbditos indios, negros y árabes de sus colonias. No obstante, los racistas eran los nazis.

Aunque en la hambruna de Bengala de 1943 murieron más de tres millones de indios y padecieron hambre extrema más de doce, este terrible episodio de la Segunda Guerra Mundial sigue sin importarle a nadie. Y (salvo en la citada obra de Hastings), es prácticamente imposible encontrar una sola línea que lo mencione en cualquiera de las múltiples biografías de Winston Churchill.


[1] Max Hastings, La guerra de Churchill, Crítica, 2010, p. 303.
[2] Madhusree Mukerjee, Churchill’s secret war, The British Empire and the Ravaging of India during World War II, Basic Books, 2010, p. 194.
[3] Donny Gluckstein, La otra Historia de la Segunda Guerra Mundial. Resistencia contra imperio, Ariel, 2013, p. 193.
[4] Edward Stettinius, El arma de la victoria, Ariel, 1945, p. 182.


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