martes, 14 de mayo de 2013

ESPERANZA AGUIRRE, HEDA MARGOLIUS Y EL ANTISEMITISMO. Jorge Álvarez



El pasado lunes 6 de Mayo Esperanza Aguirre publicó en el diario ABC La vida de los otros, un artículo en el que vierte unas cuantas reflexiones sobre el totalitarismo nazi y comunista y sobre el antisemitismo. Le inspiró este artículo la lectura del libro Bajo una estrella cruel. Una vida en Praga, 1941-1968, de la escritora judeo-checa Heda Margolius. Después de una primera parte dedicada a equiparar, sin la más mínima originalidad y sin ningún rigor, la naturaleza liberticida y criminal de nazismo y comunismo, entra en el fangoso asunto del supuesto antisemitismo comunista:

Pues bien, Heda Margolius Kovály (de soltera, Bloch) era checoslovaca y judía. Y en este libro impresionante cuenta cómo, bajo la ocupación alemana, fue deportada y llevada a Auschwitz, donde los nazis exterminaron a toda su familia, cómo, a base de coraje, logró escapar de milagro, y cómo, acabada la guerra, recuperó a su primer marido, Rudolf Margolius, también judío y que también había sobrevivido milagrosamente al Holocausto. Cuenta cómo empiezan a rehacer su vida en Praga, y cómo su marido y ella deciden entrar en el Partido Comunista, movidos en parte por el agradecimiento hacia los soviéticos, que eran los que habían liberado Checoslovaquia de la tiranía nazi.

A partir de ahí comienza el infierno de las persecuciones y de las humillaciones a las que el Partido Comunista les sometió a ellos y a su país, que había sido muy próspero y que, con los comunistas, acabó bordeando la miseria. Y comienza el infierno, paradójicamente, con el ascenso de su marido en la jerarquía del Gobierno comunista y tiránico de Klement Gottwald, donde llega a ser secretario de Estado de Comercio Exterior.

Hasta que en 1952 es secuestrado, detenido, aislado y juzgado en la farsa de juicio que le llevó a la horca en diciembre de ese año, junto a otros 11 altos dirigentes, a los que se les obligó a autoacusarse de haber cometido el crimen de trabajar para el capitalismo en uno de los que ahora conocemos como «procesos de Praga». Y para los que aún duden del antisemitismo de los comunistas de aquellos años, bastará con el dato de que, de los 14 dirigentes que fueron juzgados junto a Margolius, 11 eran judíos que habían sobrevivido de milagro al Holocausto.

No basta con leer, también es bueno reflexionar sobre lo que uno lee en los libros. Por ejemplo, la señora Aguirre, después de leer el libro de la señora Margolius, deduce sin más reflexión, que el señor Margolius, judío, fue una víctima inocente del tirano comunista Klement Gottwald. Reproduzco de nuevo el párrafo:

“Y comienza el infierno, paradójicamente, con el ascenso de su marido en la jerarquía del Gobierno comunista y tiránico de Klement Gottwald, donde llega a ser secretario de Estado de Comercio Exterior.”

¡El pobre Margolius era Secretario de Estado de un tirano comunista! Debemos suponer que el judío Margolius ignoraba que formaba parte de un gobierno tiránico comunista. O tal vez formaba parte de este gobierno contra su voluntad. Es sabido que, según los judíos, los gentiles siempre los hemos obligado a hacer cosas contra su voluntad. Por nuestra culpa se tuvieron que convertir en usureros primero y en banqueros después. Por nuestra culpa se hicieron ricos y es por nuestra culpa también que ahora se les odia por ser ricos. Tal vez también por nuestra culpa la pareja Margolius se hizo comunista, hasta llegar el señor Margolius a formar parte del gobierno tiránico de Klement Gottwald.

Tal vez la señora Aguirre debería preguntarse si el señor Rudolf Margolius, durante los tres años en los que formó parte de este gobierno tiránico, no habría sido corresponsable de un buen número de detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos de ciudadanos checoslovacos no judíos, antes de acabar él mismo sufriendo en sus carnes la violencia paranoica típica del comunismo. Y tal vez debería preguntarse la presidenta del Partido Popular de Madrid, si la autora del lacrimógeno libro que tanto le ha impactado, la señora Heda Margolius, mostró, durante los años en los que ella y su marido colaboraban con el régimen comunista, algún tipo de solidaridad o empatía con los checoslovacos que padecían la represión del régimen en el que ella se encontraba muy a gusto. Naturalmente, Heda Margolius, en su libro, escrito décadas después de huir de Praga a los Estados Unidos, asegura que la pertenencia de su marido al Partido Comunista de Checoslovaquia tuvo una finalidad altruista y que él siempre estuvo al margen de la política comunista… A la señora Aguirre seguramente esto le resulta convincente.

En su reputada obra Postguerra. Una Historia de Europa desde 1945, el historiador recientemente desaparecido Tony Judt (judío izquierdista británico), decía:

“Cuando los partidos comunistas llegaron al poder en la Europa del Este, muchos de sus dirigentes eran de origen judío, especialmente en los niveles inmediatamente anteriores a la cúpula: los jefes de la policía comunista de Polonia y Hungría eran judíos, así como muchos responsables de política económica, secretarios administrativos, destacados periodistas e ideólogos del Partido.”

“En los países a los que habían vuelto, a menudo después de un largo exilio, no fueron muy bien recibidos, ni como comunistas ni como judíos.”

“Por qué volvéis, le preguntó un vecino a Heda Margolius cuando escapó del campo de exterminio de Auschwitz y consiguió llegar a Praga al final de la guerra.”

Los judíos de Europa Oriental que habían sobrevivido a las persecuciones de la Segunda Guerra Mundial regresaban a sus hogares para, de forma mayoritaria y ostentosa, incorporarse a la alta administración de los gobiernos comunistas-estalinistas de forma entusiasta y voluntaria. Aunque Tony Judt no acaba de entender por qué los judíos, después de tanto sufrimiento, seguían siendo rechazados y cita a Heda Margolius como ejemplo, para cualquier no judío, es fácil de entender. Las naciones de Europa del Este habían sido entregadas contra su voluntad a la tiranía comunista en los acuerdos secretos suscritos por los aliados anglosajones con la Unión Soviética en la Conferencia de Teherán en Noviembre de 1943 y en la conferencia entre Churchill y Stalin en Octubre de 1944 en Moscú, todo ello ratificado en Yalta en Febrero de 1945. Roosevelt y Churchill, vulnerando la letra y el espíritu de la Carta del Atlántico, que habían redactado y firmado en Agosto de 1941 en Terranova, y vulnerando también las constituciones de sus respectivas naciones, firmaron con Stalin acuerdos secretos por los que las naciones del Este de Europa eran entregadas al comunismo sin consultar a los desafortunados ciudadanos de estos estados si estaban de acuerdo en vivir bajo regímenes comunistas controlados por los soviéticos. La desproporcionada presencia de judíos en las élites dirigentes de los nuevos gobiernos comunistas no pasó desapercibida para los polacos, los checoslovacos, los húngaros, los rumanos…

Volvamos a la Checoslovaquia del matrimonio Margolius. Esperanza Aguirre dice:

“Y para los que aún duden del antisemitismo de los comunistas de aquellos años, bastará con el dato de que, de los 14 dirigentes que fueron juzgados junto a Margolius, 11 eran judíos que habían sobrevivido de milagro al Holocausto.”

Dejando de lado la cantidad de judíos que sobrevivieron “de milagro” al holocausto (como ella misma dice en su artículo), sí conviene reflexionar sobre “el antisemitismo de los comunistas”. Que entre los 14 dirigentes comunistas purgados hubiese 11 judíos no prueba en absoluto el carácter antisemita del régimen checoslovaco. Más bien prueba todo lo contrario. La señora Aguirre se limita a hacer suyos los lamentos victimistas de la señora Margolius sin profundizar lo más mínimo ¿Puede ser antisemita un régimen que acoge a los judíos en su seno y los promociona a las más altas esferas directivas? Porque la señora Aguirre no dice, seguramente porque no lo sabe y no lo sabe porque no le interesa saberlo, que en el régimen comunista checo de Klement Gottwald había muchísimos más judíos de los que fueron purgados. De entrada, el Ministro de Justicia, responsable directo de los supuestos procesos “antisemitas” de Praga, Stefan Reitz, era judío y al menos otros siete judíos siguieron formando parte del Comité Central del Partido Comunista de Checoslovaquia después de los procesos de Praga.

El comunismo soviético generaba periódicamente purgas sangrientas entre sus cuadros. El hecho de que en estas purgas fuesen detenidos y ejecutados muchos dirigentes de origen judío sólo demuestra lo tremendamente sobrerrepresentados que los judíos estaban en el aparato de poder comunista con respecto a su número, en cambio insignificante, sobre el total de la población. Las famosas purgas estalinistas de los años treinta también se llevaron por delante a un elevadísimo número de altos jerarcas judíos. Pero, sin embargo, muchos otros seguían en sus puestos e incluso formaban parte del aparato represivo del estado bolchevique.

La realidad es que tanto los judíos de oriente como los de occidente han sentido siempre una curiosa fascinación por el comunismo. Entre los voluntarios que integraron las Brigadas Internacionales, creadas y reclutadas por la Komintern para luchar en la Guerra Civil Española, los judíos eran, con diferencia, la mayoría. El inmerecidamente famoso Batallón Lincoln de voluntarios estadounidenses, estaba prácticamente formado por judíos.

Las purgas supuestamente antisemitas de los comunistas podrían ser comparadas con la llamada “Caza de Brujas” desatada en los Estados Unidos entre finales de los años cuarenta y principios de los 50. Porque, buscando comunistas infiltrados en las altas esferas de la cultura o la administración federal, los investigadores casi siempre se topaban con judíos. Por ejemplo, en 1947 la infiltración comunista en el mundo de la cultura de los Estados Unidos empezó a ser objeto de la atención del Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC, por sus siglas en inglés) y generó un escándalo mediático enorme cuando comenzó a investigar a famosos guionistas, productores y directores de Hollywood. El Comité elaboró listas de profesionales del cine que debían acudir a Washington a declarar acerca de sus actividades de agitación comunista. Un grupo de 19 de ellos se negó a colaborar con el Comité consiguiendo acaparar la atención de los medios y el aplauso de los sectores más izquierdistas de la sociedad americana y europea. De los 19 cineastas investigados por su pertenencia al partido comunista, trece eran judíos. Siguiendo la argumentación de la señora Aguirre, deberíamos deducir que el régimen político norteamericano de finales de los años cuarenta era antisemita. Sin embargo, obviamente, no lo era, puesto que había muchísimos judíos en las altas esferas del mundo de la cultura, de la economía y de la política que no fueron molestados.
Señora Aguirre, cuando los norteamericanos en la época del macarthysmo desenmascaraban comunistas, se encontraban con judíos en porcentajes sobresalientes. Cuando los comunistas purgaban sus filas, ocurría lo mismo. Y por la misma razón. Una mera cuestión de probabilidades.

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